Incidencias y milagros
Pillé el tren de milagro.
Ese es el único punto en el que mi historia y la que cuenta el Padre Carrasco a sus acólitos coinciden. Él, con el resplandor infernal de las velas en las arrugas y en los ojos, dice: «Fue un milagro porque el Niño le sintió y le eligió», y yo lo que digo es que fue un milagro que no me cayera a las vías del metro con el pedo que llevaba encima.
Así se construyó el milagro: me resbalé por las escaleras mecánicas y me quedé tirado sobre ellas hasta que escuché que venía el último tren, corrí al andén y empujé a un pijo que iba a entrar en el último vagón para colarme yo, mientras el tren chillaba su aviso. Las puertas casi me rajan en canal al cerrarse, pero entré, sí.
Entré yo y no el verdadero “hombre milagro”.
Clavado contra el metal y al borde del estrangulamiento, emprendí mi viaje en el tren milagroso. Lo del estrangulamiento fue porque las puertas del tren se zamparon la capucha de mi sudadera y me dejaron de pie, firme y aprisionado; ahí el segundo milagro de la noche, porque no hubiera podido mantenerme en vertical sin la ayuda de las puertas estranguladoras.
Al final del vagón se sentaba una mujer preñada, muy pulcra y con aire puritano. La bauticé como P3 y sonreí. Leía una Biblia, o un libro tan gordo como las Biblias de mi viejo colegio de curas, encuadernada con pastas de color rojo sangre. El pelo dorado le caía sobre un vestido blanco, largo y vaporoso, le llegaba hasta los tobillos y la tipa iba descalza. Bajo el fluorescente parpadeante del vagón, parecía una aparición de la Virgen, y eso me hizo reír, hasta que levantó la cabeza del libro y me miró como si su único deseo fuera verme espachurrado entre las puertas del metro cual cucaracha.
Yo, cieguísimo como iba, me di cuenta rápido de que una tía como P3 poco pintaba allí. Las embarazadas no van solas en el último tren, y menos si son Preñadas Puritanas Pulcras, tú me entiendes. Los fluorescentes chisporrotearon sobre litronas y bolsas del Burger abandonadas en los rincones del vagón. Titilaron en las ventanas del tren: una chascada en una telaraña de cristalitos y la otra cubierta con un grafiti que desde dentro se leía NÁTAS, pentagrama incluido.
El tren chirrió. Las luces, hechas mierda, se apagaron y encendieron tanto que quise potar. Me aguanté porque estaba clavado contra la puerta y no quería vomitarme encima mientras P3 me crucificaba con esos ojitos suyos de retablo de iglesia, de virgencita de Semana Santa. Ya tenía las zapatillas salpicadas porque, antes de resbalar por las escaleras mecánicas y pillar el tren y todo eso, ya había echado la mitad del vodka de garrafón que nos tomamos en el parque. Una noche normal, mi destino hubiera sido sobarme sobre un charco de pota hasta que los seguratas del metro me echaran a patadas. Pero, oh, milagro.
Y, oh, milagro, el tren se paró.
El frenazo escurrió a P3 medio asiento a la derecha y a mí me lanzó contra la barra de metal hasta que casi me asfixié. Milagro: mi sudadera se desgarró y me estampé contra el suelo. Las luces se encendieron y apagaron. Alguien aulló en el túnel. Las típicas cosas que pasan en el último tren de la noche, algunos idiotas desesperados se los confunden con las puertas del cielo. Los focos del túnel eran naranjas y resaltaban el grafiti de NÁTAS en la ventana. Me pesaban mucho los párpados y cerré los ojos mientras la megafonía del metro anunciaba una incidencia que retrasaría al tren.
Incidencias y milagros, resumen de mi vida.
Abrí los ojos porque me dieron un bofetón. Fuerte.
En el tren estábamos sólo P3, alguna rata y yo, y las ratas no podían despertarte a bofetadas. Me espabilé y levanté la cabeza: P3 ese erguía frente a mí, sus pies sobre un charco carmesí que lentamente se deslizaba hacia mi pantalón. Lo del charco no era cosa mía, pero podría haber contribuido a su profundidad, si lo hubiese mirado durante un segundo más. Sobre la puerta, el cartel luminoso no funcionaba y escurría el número 6 en rojo, parpadeando una y otra vez.
P3 dijo:
—Ya viene.
Encharcado desde la altura de sus rodillas, el vestido se le pegaba a las piernas. P3 contrajo los puños. Vi, desde el suelo, cómo sus mejillas se hinchaban y deshinchaban, y miré al charco otra vez.
Comprendí que sólo había dos opciones: o estaba teniendo un viaje, o la tía iba a parir.
A parir en el puto tren.
Y sólo me tenía a mí para ayudarla. A mí, que veía triple.
Así que le dije:
—Hostia puta.
—El Niño —anunció P3—. Es el momento.
—Hostia puta —repetí, por si no quedaba claro.
P3 se agarró la barriga, dispuesta a soltarme semejante hostia que volvería a comulgar. Los tenía buen puestos, hay que reconocérselo. La capucha de mi sudadera seguía siendo presa de las puertas del metro y los hilos sueltos se retorcían como gusanos colgados sobre mí. Quise vomitar. P3 me dio una patada en las costillas.
—El Niño ya viene —insistió.
Cuando decía «Niño» daba mal rollo, ¿sabes? Como en la típica peli de miedo donde la criada y el conserje dicen «La casa» y tú ya sabes que van a rajarle las tripas a alguien, pues así. P3 me agarró de la pechera y me incorporó para que luego yo la ayudara a ella a tumbarse. Se despatarró delante de mí y entonces sí que tuve que correr y vomitar en una esquina del vagón.
No tenía ni puta idea de cómo ayudarla a parir, claro. En mi colegio de curas, la palabra «vagina» era sacrilegio, y yo me salté todas las clases de biología para irme a fumar y lo que no es fumar con Carlos Bonilla detrás del gimnasio, a ver si me entiendes. Que el aparato reproductor que me estudié fue el suyo, digo. Pero lo de P3 se abrió entre mis ojos como cuando en Alien el bicho coge y sale de las entrañas de uno.
P3 me estrujó los dedos y, si su objetivo era partirme la mano en vez de echar al crío, le faltó poco para conseguirlo. Gritó y chilló y se revolvió como poseída por el NÁTAS del grafriti. Me gritó cosas como:
—¡Imbécil, inútil, despropósito!
Y cosas como:
—¡Te arrancaremos el corazón si le pasa algo al Niño!
Y cosas como:
—¡Sácamelo, por el acólito que ha sido sacrificado para parar este tren!
Eso me rayó, pero entre el gore y la sangre y las náuseas y las luces parpadeantes del metro, no até cabos. La cosa esa se retorcía entre las piernas de P3 y ella chillaba y se revolvía y mis tripas hacían lo mismo. P3 me clavó las uñas en el brazo y me rajó la piel, me dio otra patada en las costillas.
El tren no avanzó ni un milímetro.
A esas alturas, el pedo ya se me había bajado, y la cabeza me palpitaba como si fuera a reventar, y ella chilló y chilló y chilló. El Niño asomó entre aquel espectáculo sangriento: un melón enredado en coágulos rojos que empujaba y latía y emergía.
Y salió.
Primero la frente, luego los ojos: abiertos. Luego la nariz y la boca y ya ahí empezó a berrear la criatura. Yo me quité la sudadera rota y lo recogí cuando sacó los hombros y el primer bracito, y lo sostuve con la vista fija en el cartel luminoso del vagón.
Marcaba las 06:06:06, aunque, en realidad, serían las dos.
Milagro.
Envolví a la criatura en mi sudadera. El niño gritaba igual que la madre. Si supiera, también me llamaría imbécil, inútil y despropósito. En mitad de las amígdalas, ahí en todo el puto paladar, le nacía un colmillo afilado, y el bicho pataleaba en mis brazos como el jodido NÁTAS.
En cuanto entregué al crío a P3, ya ni pulcra, ni preñada, pero siempre puritana, el tren se puso en marcha. Ella sonrió en éxtasis (del religioso), con el vestido ensangrentado pegado al suelo y el pelo sudado pegado a las mejillas. Levantó una mano temblorosa, me enganchó del cuello de la camiseta y pintó con su propia sangre una cruz invertida sobre mi frente.
Me entraron arcadas.
Las puertas se abrieron.
Vomité al escapar al andén.
Era una noche milagrosa, y los servicios de emergencia ya estaban en la estación. El imbécil que saltó a las vías, detuvo el tren y se sacrificó para que ocurriera nuestro milagro descansaba muy cómodo en una bolsa para cadáveres. Nos llevaron al hospital: a P3, al Niño y a mí.
Yo me quedé en la sala de espera, con el cerebro hecho puré y la imagen del número 6 que parpadeaba en la pantalla del metro latiéndome en las retinas. Las paredes blancas reflejaban toda la luz de la mañana y me dolían los ojos. Pensé en que la Biblia roja de P3 se había quedado en el metro, en el grafiti de NÁTAS en la ventana y en todo lo demás, y tuve escalofríos.
Entonces fue cuando aquel tipo grande se sentó a mi lado. Su rodilla chocó con la mía. Vestía de negro, llevaba patillas y alzacuellos. Me ofreció la mano. Tenía las uñas sucias.
—Eres Samuel Torrijos —dijo.
—Sólo Samu.
Me estrujó los dedos aún manchados de sangre.
—Soy el Padre Carrasco —dijo—. Quería darte las gracias, por el milagro. Y el Niño también te lo agradece.
Su forma de decir «Niño» me puso la piel de gallina. Sonrió, con dientes grandes mal colocados sobre encías podridas. Me dolía la cabeza.
El Padre Carrasco repasó con la uña del pulgar la cruz sangrienta que P3 me había pintado en la frente, y yo no soy muy llorica, ¿sabes?, pero ahí me dieron ganas de llorar como lloraba de niño porque me daba miedo el Cristo de la capilla del colegio. Después, me palmeó el hombro y me ofreció una bolsa de plástico. Dentro había un polo de Lacoste, un par de náuticos y unos pantaloncitos de pijo.
Yo le miré, él me dijo:
—El Niño te ha elegido, así que ponte decente. Los periodistas quieren entrevistarte. Por el milagro.
—Por el milagro —repetí.
Así que disfrazado de Muchacho Mojigato Milagroso, salí en la página seis del periódico. Con el Niño. Y con P3. Todos sonrientes como una familia feliz y el crío con su colmillo en las amígdalas.
El cabroncete ya tiene tres meses y eso. Yo, desde luego, no tenía ninguna intención de ejercer de padre, y menos del padre del futuro anti-cristo, pero ya sabes cómo son estas cosas. San José, o yo, o no sé, siempre estamos de prestado. Los padres, digo.
Intenté decirle P3 que me bajaba del carro, al Padre Carrasco que ya no quería saber nada de su milagroso Niño destructor de mundos, pero, claro, tuvimos el bautismo y a otro pringado de sacrificio humano para ungir al crío en los caminos de la devastación y el exterminio, y así no hay quien diga hasta aquí, ¿sabes?
Supongo que prefiero criarlo, antes de que me usen de fiambre para su comunión.
Milagro.
Escribí este relato allá por 2022, en el curso de relato. Nos dieron dos propuestas: una que iba sobre alguien huyendo de algo y otra que iba sobre un parto en el último tren de la noche. El objetivo, si es que me acuerdo bien, era trabajar con el ritmo.
Yo tenía muy claro que iba a hacer la primera opción, me gusta la gente que roba coches y se escapa de casa, pero según estaba recopilando ideas para el relato, le dije a alguien (probablemente Eli) de broma: “jaja, ¿y si el parto en el tren es el parto del anti-cristo?”. Dejó de ser una broma cinco minutos después.
A veces, las propuestas de escritura que no nos gustan a priori pueden desembocar en #cosas.
No me enrollo, pero la verdad es que me hizo ilusión escribir este relato, porque venía de un bache personal y de escritura bastante grande y, aunque ya había escrito cosas que me gustaban a lo largo del curso, creo que este fue el primero con el que de verdad me divertí. Y tenía un poco vibra de mis zombis, por aquel entonces estancados en su all is lost. Me dieron ganas de retomar la novela por primera vez.
Si te estás imaginando que esta historia ocurre en la línea 6 del metro de Madrid, es verdad, puedes compartirlo para extender el odio hacia ese particular infierno subterráneo.
Si te has reído un poquito con Samu Torrijos en su particular día del padre, me lo puedes contar en los comentarios o darle a like.
Y si te preguntas qué más escribí en ese famoso curso de relato, puedes suscribirte y el mes que viene te enseñaré otro relatito del pasado.
Gracias por leer.